El eje de las organizaciones actuales es, de modo cada vez más claro y compartido, de desempeño responsable en cada una de sus actuaciones y dimensiones organizativas. En este sentido, las premisas pueden ser analizadas desde tres puntos de vista: responsabilidad ante los integrantes, valorándolos, respetarlos y recibiendo sus aportes en cuanto seres humanos; responsabilidad ante la comunidad y la sociedad, árticulándose a iniciativas que conduzcan a mejorar la calidad de la vida; y responsabilidad ante el medio ambiente, estimulando y construyendo nuevos equilibrios para reducir el impacto de la propia actividad en el entorno.
De allí que la responsabilidad social, que engloba las tres dimensiones anteriores, se apoye en las nociones de retribuir a la sociedad los elementos que permitieron que la organización naciera y creciera, hecho que garantiza su permanencia en el tiempo. En segundo lugar, compartir con el capital humano, conformado por el personal, los clientes, los destinatarios de su actividad y, en general, todos los grupos o sectores vinculados con la organización (stakeholders). En tercer lugar, contribuir al mejoramiento de la calidad de la vida social y del ambiente, promoviendo el desarrollo humano y la creación de ciudadanía.
La responsabilidad social requiere para su adecuada implementación del compromiso ético de sus actores, en especial de quienes impulsan la empresa como gerentes o directores. Por ello, al hablar de responsabilidad social estamos afirmando que las organizaciones deben proponer acciones concretas para asumir los problemas sociales, como oportunidades de alinear sus valores y objetivos en la plataforma filosófica con los requerimientos de las comunidades, para contribuir a mejorar su imagen corporativa, prestigio y competitividad.