Llámalo anochecer. Llámalo crepúsculo. Llámalo ocaso.
Después del anochecer es, en definitiva, el momento del día perfecto para Stephen King.
El atardecer es aquel momento en que el devenir humano toma derroteros sobrenaturales, aquel instante en que la luz se transfigura en tinieblas. Cuando el sol se esconde, la imaginación comienza a deslizarse por sombras que derivan en la oscuridad más absoluta y la luz del día huye despavorida de la faz de la Tierra.